El desequilibrio de poder en las dinámicas humanas: por qué toleramos a los poderosos

Los seres humanos somos, por falta de un término mejor, chimpancés obsesionados con el estatus. Gran parte de nuestro comportamiento social gira en torno a adquirir estatus y evitar perderlo. Pocas emociones negativas son tan poderosas como el sentimiento de rechazo, impotencia y soledad, todos vinculados a una percepción de bajo estatus social, personal o económico. Un comentario mal recibido, por ejemplo, puede desencadenar una cascada de inseguridades y ansiedad social, evidenciando cuán profundamente tememos la exclusión del grupo.

Sin embargo, aquellas personas con poder percibido o real dentro de las dinámicas sociales suelen operar bajo reglas diferentes. Pueden permitirse cometer errores, hacer comentarios de mal gusto o incluso ofensivos, y estos son recibidos con neutralidad, excusados o, en casos extremos, celebrados. Mientras tanto, las mismas acciones provenientes de alguien sin poder serían universalmente condenadas.

Un ejemplo llamativo es el del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien en una ocasión sugirió que las mujeres que protestaban contra él deberían ser agarradas por sus órganos reproductivos para detenerlas. Tal declaración, si hubiera sido hecha por cualquier otra persona, habría llevado a un ostracismo social y profesional inmediato. Sin embargo, en el caso de Trump, fue convertida en meme, celebrada e incluso referida como un punto de orgullo por sus seguidores. Este fenómeno no es exclusivo de Trump; es un reflejo de cómo el poder distorsiona la percepción y la tolerancia humana.



La percepción humana del poder

Incluso en grupos sociales altamente cohesionados, las personas que hacen comentarios ofensivos o controvertidos suelen enfrentar rechazo. Sin embargo, cuando quien hace dichos comentarios tiene un poder significativo—ya sea social, económico o político—el grupo a menudo se abstiene de rechazarlo. En su lugar, sus acciones son reforzadas o excusadas. Este comportamiento surge de la percepción humana del poder.

El poder, en el contexto social, puede definirse como la capacidad de:

  1. Liberarse de las limitaciones sociales: La habilidad de actuar sin temor a las consecuencias.

  2. Ejercer la voluntad sobre los demás: La capacidad de influir o controlar el comportamiento de otros.

Las personas que pueden evitar consecuencias o moldear el mundo a su conveniencia sin sufrir repercusiones personales, sociales o económicas significativas son percibidas como poderosas. Y el cerebro humano es excepcionalmente hábil para reconocer esto.

Nuestro cerebro es hipereficiente en la autopreservación. La capacidad de evitar consecuencias por las propias acciones es una de las formas más efectivas de autopreservación. Esto explica por qué a menudo celebramos irracionalmente a individuos que, según los estándares sociales, no deberían ser celebrados: políticos, celebridades, deportistas e incluso influencers. Este comportamiento no es del todo irracional; está arraigado en nuestros instintos tribales. Alinearse con una figura poderosa podría conferir beneficios dentro del grupo, un mecanismo de supervivencia que ha persistido a través de la evolución.

La validación social: la moneda de la confianza humana

El concepto de validación social—la aprobación de los demás—desempeña un papel crucial en cómo percibimos e interactuamos con las personas poderosas. La validación social es la moneda definitiva en las relaciones humanas. Cuando un grupo celebra o condena universalmente a una persona, idea o situación, las razones detrás de ello a menudo pasan a un segundo plano. La validación del grupo lo es todo.

Para nuestras mentes modernas y relativamente educadas, este comportamiento puede parecer primitivo o ilógico. Después de todo, la amenaza de ser excluido del grupo ya no significa una muerte segura por depredadores, exposición o hambre. Sin embargo, este instinto sigue profundamente arraigado en nuestra psicología. No es algo que deba descartarse como irracional; más bien, es un reflejo de nuestro pasado evolutivo que debe ser comprendido.



El Experimento de la Prisión de Stanford: una mirada a las dinámicas de poder

Uno de los estudios más reveladores sobre las dinámicas de poder es el Experimento de la Prisión de Stanford, realizado por el psicólogo Philip Zimbardo en 1971. El experimento simuló un entorno carcelario, con participantes asignados aleatoriamente como guardias o prisioneros. En cuestión de días, los guardias comenzaron a abusar de su poder, sometiendo a los prisioneros a tormento psicológico, humillación y deshumanización. Los prisioneros, por su parte, se volvieron sumisos y emocionalmente quebrantados.

El experimento reveló cuán rápido las personas comunes pueden adoptar comportamientos abusivos cuando se les coloca en posiciones de poder. También destacó cuán fácilmente aquellos sin poder pueden ser subyugados. El estudio fue interrumpido debido a sus extremos efectos psicológicos, pero sigue siendo un recordatorio crudo de cómo los desequilibrios de poder pueden distorsionar el comportamiento humano.

En el contexto de las dinámicas sociales, el Experimento de la Prisión de Stanford subraya cómo el poder puede corromper y cuán fácilmente las personas pueden caer en roles de dominación o sumisión. Es un microcosmos de los desequilibrios de poder más amplios que vemos todos los días.

Las dinámicas humanas son inherentemente desiguales

Las relaciones humanas son inherentemente desiguales. Un jefe puede comportarse groseramente con sus subordinados y enfrentar consecuencias mínimas. Un niño más grande y agresivo puede intimidar a uno más pequeño y sumiso sin repercusiones. En una oficina, los chismes y la exclusión social suelen apuntar a quienes no se ajustan a las dinámicas del grupo.

Como la mayoría de los primates, los humanos somos naturalmente agresivos y oportunistas. Solo a través de avances cognitivos como la filosofía, la educación, la religión y las leyes hemos logrado controlar nuestros instintos más básicos. Pero estos impulsos nunca desaparecen; permanecen latentes, un recordatorio de nuestro pasado evolutivo. En tiempos ancestrales, los individuos más fuertes o socialmente hábiles podían apoderarse de recursos y asegurar su supervivencia. Hoy, estas dinámicas se manifiestan de maneras más sutiles pero igualmente impactantes.

La naturaleza ineludible de las dinámicas de poder

Las dinámicas de poder están presentes en todas las relaciones, desde los vínculos familiares hasta las estructuras sociales. Están tan arraigadas que a menudo no las notamos sin un esfuerzo metacognitivo deliberado. Si bien estas dinámicas son una parte fundamental de la naturaleza humana, también conllevan el potencial de causar sufrimiento. El perpetuo baile entre el dominador y el dominado se desarrolla en todos los aspectos de la vida, desde las relaciones personales hasta la política global.

Aquellos en la cima de las jerarquías económicas y políticas ejercen poder sobre las masas, perpetuando ciclos de desigualdad y subyugación. Sin embargo, esto no es inherentemente bueno ni malo; es simplemente un reflejo de la naturaleza humana. Comprender estas dinámicas es el primer paso para mitigar sus efectos negativos y fomentar una sociedad más equitativa.



Conclusión: Abrazando la complejidad de la naturaleza humana

La naturaleza humana es imperfecta y está profundamente influenciada por las dinámicas de poder. Si bien hemos avanzado en controlar nuestros instintos más básicos a través de la educación, la filosofía y las leyes, las tendencias subyacentes persisten. Reconocer y comprender estas dinámicas es crucial para navegar las complejidades de las relaciones humanas y las estructuras sociales.

Los desequilibrios de poder no son inherentemente malvados; son una parte natural de la evolución de nuestra especie. Sin embargo, al reconocer su existencia y esforzarnos por la equidad, podemos trabajar hacia un mundo donde el poder se ejerza de manera responsable y justa. Después de todo, la verdadera medida del progreso no radica en eliminar los desequilibrios de poder, sino en asegurarnos de que no conduzcan a un sufrimiento innecesario.


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